Acariciaba el vacío en el lienzo, pausadamente insolente, grisáceo.
Adormecía inaudito el cadáver enardecido, otoñal.
En el confín del cuarto se oye musitar a los cuervos,
ya despreocupados en estos días de desvarío en el auge.
Osado estas hoy, en las tinieblas de la sercanía,
tus anhelos me ciñen en lo fusco del coito omiso.
Yacer en lo más profundo entre árboles, o en tu boca,
en esta vereda helada.
Despertar en el crepúsculo de la cotidianeidad de tu soledad,
entendiéndolo, o no, lo sentí, escarchada en el vestigio.
compredí el arpegio de la tierra,
en el asfalto te enredé entre mis flores humildes y pequeñas.
Y en la voz se incrustan mis rosales más preciados,
el que inocentemente recubre todo tu ser.
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