jueves, 5 de septiembre de 2013
Carta: cuando morder era la fruta
Solía sentarme en un pasillo y respirar, jugaba a contar, buscando el mar.
Los suspiros me llevaron a vos, a lo que quedo en vos, cuando me fui sumergida en la oscuridad.
Entonces supe que no volveríamos a tocarnos los labios, que todo lo que sé del agua. me fue, inseparable. La voz, la encuentro en peldaños que caen como estrellas en el templo. Los susurros,
vos, la estampa, la parada, las flores brotan contra el cielo que nace de tu iris.
Sos mi pájaro querido, he visto todo alla arriba, si me vieras, si me conocieras. Llorarias y me acariciarías las manos, porque eh visto mucho, temblaríamos porque amo a todo. Pero vos, oriundo rusochileno incontenible, no sos un océano. Estas en el cosmos. sos un infinito en mi cuerpo, en el río
que fluye constante, lo que es niño eterno con tus manos, creando parte en mí, que soy arena continua, sal mustiada, brumosa. La fruta mordida.
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